Otro pedazo

Doble o nada

I

Tiene que ser ahora, los instantes no toleran vacilaciones, problemas con la ley, con tus padres. No pienses en los bolsillos, en la comida y todo lo demás que nos convierte en esclavos con seguro social. El tiempo se encargará de persuadirte, el tiempo es una jarra menos de cerveza, la canción que se termina, el día que dijiste que no ibas a fallar otro tiro. A mi también me persigue esa voz, ese detente, el cabo que te aguarda en la orilla, y alguien todo el tiempo me repite que duerma un poco, que pare de joder, que regrese al trabajo y tanta mierda de compostura.

Nadie debe obligarte a permanecer inmóvil, la quietud sólo genera fronteras, religiones, sistemas para intercambiar nuestros fracasos, los sueños que colgamos en los semáforos a las diez de la mañana; la paz es tu ruleta rusa, la paz es tu mejor asesina. La gente que te ofrece su mano es la misma que te señala cuando le das la espalda, la que te repele por no ser como ellos, por no ser un madito chimpancé sin mundo interior. No puedes dejar que te acorralen, lo mejor empieza cuando te pierdes, cuando dices mierda estoy arruinada, jodida, sin cartas para apostarle a la noche.

Sólo no te acostumbres a que todo te parezca una actuación, un escenario innecesario donde el rencor sea tu único factor de supervivencia. De pronto uno se vuelve más atento a sus propias maneras de destruirse y vas a creer que eres una gran apostadora, un mejor ser humano que es capaz de calibrar la densidad en que se filtra su muerte. Pero eso sólo funciona de tu lado, para cualquier otro es una mentira, cosas que ocurren en la cabeza de una niña que desprecia a las personas, a ese virus muy elaborado que nos hace el pan y da vuelta a la esquina.

Tienes que dejarte ir, nada de lo que dejamos atrás nos convierte en piedra, en animales incapaces de perseguir el deseo, como si de verdad no supieras que todas las fugas nos traen de vuelta y únicamente necesitas la seguridad de que el pasado, la culpa y la desesperación son la misma cosa en las maletas. Y aunque trates de que nada refrene tu entusiasmo ninguna parte es la forma más inútil de renunciar; apártate de las ventanas, de las sogas y las direcciones, los sitios en que te acomodas a esperar por todos a los que únicamente nos importa tu veneno, tu droga, la fiesta entre disfraces.

Pedazos de algo que escribo

Temporada de patos


I

Sabes que odio las sorpresas. No sé que broma de mierda me habrá hecho mi viejo de chiquita pero las odio. No exagero, prefiero la ansiedad, ese temblor que te arruma mientras caminas de un lado a otro. Puede parecer inusual vivir en un constante estado de alerta pero es la única forma de asegurarte de que nada escape de tus manos. O al menos de intentarlo porque el pasado siempre logra filtrarse con sus propios espías. Por lo demás, las palabras nunca me impresionan. Muchos menos las cartas sin remitente a una chica que desprecia tu ortografía.

II

Por la tarde fui a ver a Jano. Me gusta cuando después de acostarnos Jano busca unas cervezas y luego de bebernos unos sorbos me invita unos tiros, se mete unos, me cuenta de sus planes de viaje, de comprarse un carro, siempre se quiere comprar cosas, ver lugares. Entonces, por perturbadores motivos que desconozco, empieza a actuar como un mimo y considerando mi gran experiencia en el ambiente circense creo que es el mimo más genial del planeta. Lo sé porque cuando él deja de moverse, se tira a mi lado y empieza a conversar nuevamente, relajado, seguro de decir cosas importantes, limpiándose la nariz mientras libera dopamina, esa felicidad a mil kilómetros por hora, yo lo sigo observando perdida en su arte, en su difusa actuación en medio de una realidad que es cualquiera menos esta, que sólo sucede en su cabeza que usualmente, luego de una dosis, se siente convencida de que nada podrá derrumbarla.
Seguramente se acabarán estas tardes con Jano pero no podría decir que nos debemos secretos, que los agujeros los llenamos con lealtades estúpidas, que nunca echaré de menos a ese mimo intoxicado por las tardes en las que el viento no trae respuestas. Pienso que Jano sería el padre ideal para mis hijos, ja, vaya mierda.

III

En el bar la pasé genial, cantamos todas las canciones, la música me llena de una vitalidad obsesiva, era de madrugada y las calles olían a suicidas. Con la oscuridad siento que el mundo me pertenece, me entran ganas de salir a pisotearlo, matar policías, ser perseguida por francotiradores en las fronteras de la noche. Del tiempo. De esta circunstancia interminable de ser custodios pasajeros de las partículas de las que estamos hechos.

Morelli Bar

Nadie puede predecir el final de sus movimientos, el lado por el que se derrumban los castillos de arena. De repente cualquier cosa puede tener forma de espejo, y vas a poder correr si no quieres verte la cara pero los corredores se estiran cuando los fantasmas te rozan el cuello.


Lo demás son pretensiones, algo como una ridícula confianza hecha de tardes y brújulas para alquilar alguna clase de felicidad que pronto te abandona. Que pronto te deja con la ventana a solas a miles de gritos del invierno.


Me gusta mirarme las manos, me gusta pensar que yo elijo la ruta y cuando me caigo sólo soporto mi peso. Es una mierda cuando no lo entiendes, cuando buscas razones para hundirte en dialéctica para cicatrizantes. Luego aparecen las máquinas del tiempo, cómo podías predecirlo si la experiencia se vuela junto a aviones de papel. Como diría Ray, la memoria es el perro más estúpido, y en fin, a todos se nos derrama el café en las zapatillas

Esta noche han venido

00.13


Doce de la noche. Suena oh sweet nuthin’. En mi cabeza tengo algo de cuzqueña y lucky strike rojo, tiempo perdido, esas cosas.


00.18


Por ratos veo el cigarro en el cenicero, el humo azul trepa y se esparce entre las paredes, me acuerdo de eso que si vives mirando el abismo el abismo termina metiéndose adentro. No sé si tenga un abismo o un agujero, probablemente sólo la manía de mirar silenciosamente cuando todo a mi alrededor desaparece, y la verdad no sé que tenga que ver eso con este humo azul que dibuja figuras sin sentido, en la noche sin sentido, en medio de mis ojos que resisten la misma suerte.


00.35


Cada vez que siento cerca una respiración me digo que esto va a acabar mal. Que un día voy a decirme que este mismo aire, en un instante, les dio el mismo impulso a un par de corazones para que nunca dejen de combatirse entre gritos, renuncias y todo aquello que nos convierte en criaturas que se alejan bajo la misma luna.


00.49


Algo anda mal con el tatuaje de mi brazo, se está infectando o algo así. Recuerdo que la noche en que me lo hicieron estaba con Yessi, habíamos tomado unos tequilas por la tarde. Siempre tomábamos tequilas con Yessi y Rodolfo. También jalábamos coca y bailábamos las canciones más inusuales en los lugares más raros de la cuidad. Yessi tenía la misma edad que nosotros aunque fuera años menor que yo, sus amigas de cuarto de secundaria no entenderían. Íbamos de noche en noche sorteando botellas, canciones y dealers que desafortunadamente dejaban de llegar a tiempo haciendo que Yessi escribiera los mensajes más tiernos y desesperados “tiros por favor”. Claro que sí.

00.56


He tocado con la punta de tus dedos todos los caminos que están varados en mis manos.


01.29


Lo que más me gusta del lenguaje es su función de distorsionar las cosas. Nada de lo que decimos escapa a una descripción de las características livianas de los objetos o sensaciones que nos atrapan. Por eso cuando me digo mierda David la cagaste, de verdad que la cagaste mal, de inmediato entiendo que solamente en parte es verdad. Las palabras tienen esa fuerza, esa energía para modificarlo todo. Lo que más me gusta del lenguaje es que siempre tiene la medida exacta de la máscara que necesito.


01.36


Chica chic ha desaparecido. He colgado anuncios en las paredes de mi cuarto. Algunas veces voy hacia algún bar de Barranco o vuelvo a casa y paso por esa ventana donde hace mucho tiempo el sol caía sobre su cabello tendido en el piso, sobre sus ojos, sobre su maldita belleza. Ahora es de noche y chica chic ha olvidado encontrarme. Demasiados errores no forzados al final de la tarde. Me basta con que chica chic se aparezca en esos sueños donde nunca la espero y me diga con todas las partes de su cuerpo que me aleje, que se ha equivocado de sueño, que la cagó. Tranquila, chica chic, te he dejado en paz desde los días en que no eras tan chic, tan llena de ese aire que envenena las horas en que sólo me importaba que no se evapore tu risa. Pero joder, chica chic, no me tiendas un puente hacia otro. No lo tolero. Le ha costado mucho a mi mente dejar de perseguirte. Dejar de amarrarse tu nombre en mi nombre. Por eso cuando veo a chica chic por la calle me entran ganas de volver a ser tan estúpido como antes, entonces quiero escucharla pero me convenzo que es mejor seguir siendo un extraño, y es una pena porque nunca voy a poder decirle chica chic ¿no sabes que nadie se llama como tú en la cuidad?

Puestos fronterizos

Antes de conocerte llevaba una mochila roja y monedas de un sol en el bolsillo. Leía libros en los carros, me acordaba de tu nombre y eras un arma muy efectiva para apuñalar las horas. Luego fueron las drogas, el sudor, pero en ese tiempo llevaba una mochila roja. Quiero decir que eras un arma de verdad, con un gatillo y una dosis. Ahora tengo seis cervezas congeladas, nada de suerte, realmente quiero acorralarte. Quiero que cantemos brown sugar lo que queda de la madrugada y que las cinco cervezas que me quedan se evaporen en tu piel, en tu veneno de sombras perfectas. Ya sabes como empieza esto, pones lo que tuviste a un lado y haces recuento de todo esto que no alcanza para caer en el ejercicio de las sustituciones. Ejercicio inútil, por cierto. Posicionarse en un lugar ya es síntoma de haber llegado al fin de algo, al fin de otro maldito viaje sin direcciones ni brújulas. Me gustaban esos días cuando apostábamos lo poco a lo que le encontrábamos sentido e ignorabas por completo que yo era un pésimo apostador. Hubo un tiempo en que jugaba a la ruleta con la noche, a aguantar la respiración mientras dormía. A veces voy a casinos y en ocasiones recuerdo entre cuba libre, tequila y whiskey, que nunca te enseñé a jugar póker. Hay algo que se llama bluff, se trata de apostar cuando no tienes nada. Algunos blufean mejor que otros, incluso llegan a apostarlo todo, en realidad para hacerlo bien necesitas demasiada práctica, los demás caen en la cuenta de idiotas. Cuando te conocí no sabía nada de esto, apenas era un niño que aprendía a calibrar las estaciones de tu mirada. Creía que el azar me había enseñado todos sus trucos y en realidad nunca me encontré más desafortunado cuando comprendí que todavía sigues teniendo eso que me salva. No importa cuanto pretendas modificar el aprendizaje, la mayoría de lo que somos se configura a partir de una lógica de asuntos pendientes. Escribo por los años, por las respuestas, por todo eso que no importa. Podría seguir toda la noche y al final estaríamos de acuerdo en que nunca me siento involucrado cuando algo me abandona.

baby, let me follow you down

No sé bien que pensar cuando Ariana llega y camina hacia su cuarto sin decirme nada, sin mirarme, apenas consciente de que no voy a hacerle daño. A veces me da por seguir leyendo o mirar la tele mientras espero que Ariana abra la puerta y me diga que está harta, que por qué mierda no le digo que voy a llegar tarde. La miro y en el intervalo en el que alcanzo sus ojos me convenzo de que estoy acabado, que soy una maldita presa. Luego le digo que me alcance un cigarro y siento de verdad que me odia. Me dice que está bien, que me lo va dar sólo porque anoche vio un experimento donde un ratón moría con la nicotina de un cigarro. Me encanta que me odie. Me gusta que por las noches piense en un ratón al que le inyectan nicotina. Me gusta que invente un encuentro al que llegué tarde con el afán de proyectar su analogía porque no encontró ansiolíticos en el velador.

No siempre la descubro, me perturba que ande delante de mí para ponerme trampas a cada hora, en cualquier momento en que la sobrepasa su locura. Empezamos por los días, me cuenta el suyo, nunca de una manera cronológica pero sin levantar cuestionamientos porque la voz de Ariana te puede quebrar el destino, atravesártelo. Y sinceramente no me importa mucho el orden en que elabora sus oraciones porque generalmente no la escucho, la descifro, la aprehendo, la codifico en señales para que mis ojos nunca la extravíen los días en que pierdo la memoria.

El humo se acaba, abre la puerta del refrigerador y saca dos latas de sardinas y un paquete de galletas, seguramente es un día especial. En cualquier momento va a golpear con el cubierto su plato y voy a tener que acercarme a la mesa, decirle Ariana no soy un puto perro de Pavlov. Ya estoy domesticado, nena, este aprendizaje sólo me llena de nicotina, de tu olor a madrugada. En ocasiones creo que lo intuye y pone su mano encima del tatuaje de mi brazo y deja caer un voucher donde el dinero de papá es pura música, pura alcohol, noche sin horas. Ariana sabe que odio mi empleo y nunca me canso de repetírselo, de convencerla de que me mantenga hasta que pueda reunir a los fantasmas que habitan en mis dedos y huyen del teclado, entonces me dice que está bien pero sólo hasta que deje de amarme.

De que puedo arrepentirme, de Ariana sólo necesito su pelo, su miedo a las mañanas, a la ropa, y esa confusión perfectamente elaborada. Todas esas cosas que persuaden a los días para que devengan en un laberinto de risas, en juegos en los que definitivamente nadie gana.

La máquina de hacer los días

Me gusta sentir ese mareo del brandy, ese mareo que quema por dentro a esta hora cuando todo parece normal, cuando todo el mundo se dirige al trabajo, cuando todo el mundo piensa cosas correctas. Me gusta ese mareo a esta hora cuando no es normal que uno esté un poco ebrio, un poco triste, un poco como vuelto mierda.

Opio en las nubes


Lo primero que pienso en las mañanas es coger el teléfono y decirle Franco, no voy a ir, se va todo a la mierda, no necesito de este empleo tiempo completo. Gracias por todo, voy a escribir, no te preocupes, me precipito cada vez que puedo. No quiero entregarle más horas a un banco que me amordaza con un sueldo complaciente porque las tarjetas de crédito en esas noches en las que sólo me interesa renunciar a todo lo que me ata a los días. Lo hago. Mierda. Necesito un trago. Franco es un buen tipo, un sujeto que tiene las cosas claras. Eso me perturba. Él tiene una dirección, un lugar adonde ir. Ayer por la tarde la ventana estaba abierta y un rayo de sol caía sobre mi brazo, le había tomado unos minutos llegar hacia mí. Me gusta la lógica de la luz, me gusta pensar que en sus partículas el pasado y el presente son una misma corriente de tiempo. Sé que puedo parecer exagerado pero en verdad ningún lugar es una certeza. En cualquier momento puedes despertar en una cola donde te aguarda un pelotón de fusilamiento, nada te garantiza que al día siguiente tienes que ser la misma persona en el mismo mundo, con la misma cara, en la misma historia. Kafka lo sabía pero la vida se encargó de convertirlo en un insecto de oficina que al final lo rosearon con tuberculosis. Creo que pienso demasiado, pienso en todo lo que no vale la pena. Quiero decir que realmente no me importan las direcciones. No considero que esto de vivir se trate de elegir entre caminos, personas, ideas y momentos. Después de todo nada sobrevive a los gusanos y cada quien resiste a su manera.

Sobre la matemática del aliento y la ruta

Tenía tantas ganas de estar solo cuando volví por la mañana y vi tus llaves colgadas en el perchero de las llaves, algo tan lógico, tan casual, y sin embargo ya no era el único testigo de haber terminado una ruta. Conservo este tipo de impresiones, no sé bien cómo explicarlo, tendría que hallar la manera de que vuelvas pero pensar en que no quiero verte se lleva toda mi energía; quiero decir que las cosas funcionan, la tele funciona, funciona el aire, los kilómetros. La casa me cuenta historias sobre adicciones, me habla de tus peces, de tus aviones de papel cuando atardece, me dice que un día quisiste quemarlos a todos y al día siguiente pusiste flores en la mesa; me pregunta si te vas a llevar las ventanas, si de verdad cuando tenías siete años tu mamá quería que te mueras, y al final es como si no te conociera aunque todavía me acuerdo donde te quedan las heridas. Luego se calla y me pierdo en este desorden por el que atravesaste a pesar de que tus pasos te abandonaban aprisa. Nada que no tuviera que ver con esa capacidad tuya para arruinarlo todo, aunque ayer intenté corregirlo y me deshice de los cuadros que compramos en esa tiendita de Miraflores y que al final nunca supimos donde poner porque Marc y Cézanne no perdonaban a tu estúpido Warhol. No era lo tuyo entender si las paredes necesitan de dialéctica, si la luna no existe, si la noche deviene en sentidos que te obligan a alejarte de la puerta, esa que cierras para nadie con una convicción hecha de recetas y vasos que se caen. Prefiero recordarte con la cara llena de pintura, con tu maldita torpeza de colegiala, porque tu nombre se detiene cuando se rompen los vasos, cuando suena el timbre los domingos y es otro idiota y un piso abajo. Después me pongo a escuchar música y suena mess around y soy un chico de los sesenta leal a la heroína, alguien que nunca estuvo por aquí repasando tus geniales libros donde resumen a la vida a una fórmula secreta para conseguir alegría, convencida que has aprendido lo correcto cuando solamente te han tendido una trampa, una frase de facebook para las amigas igual de afortunadas. Yo me quedo con la madrugada porque me devuelve tu forma: sólo tenía que abrir los ojos para que aparecieras, aunque no fueras nada de lo que necesitaba y recordar tus deseos era la confirmación de haber llegado muy lejos por tus manos, por tu respiración cuando se apagan los focos, con la seguridad de que tu cuerpo era una señal inacabable, una manera de meter al tiempo en su propio vacío, de envenenarlo. O algo así. Yo no me hago cargo de esto.

 

Líneas y cenizas

Algunas noches cuando vuelvo de la cocina con un vaso de agua y me siento delante de la mesita de la pc, esperando que alguien vuelva del baño o le cuelgue a algún sujeto que seguramente tendrá otra oportunidad, confiado en poder sostener por algún tiempo al personaje lleno de ocurrencias y maneras que te hace reír un poquito nomás, me doy con la sorpresa que no necesito de ese otro que juega a la ruleta rusa con las palabras. Sé que ya no puedo luchar contra eso y sin embargo trato de boicotear a mi mente desde adentro del único territorio que le apasiona; no soy yo quien elije lo que precisa o lo que debería dejar partir a la basura así que me resigno a no buscar una salida que probablemente sea un laberinto más. Y cuando me despido, seguro de que en algún momento voy a lamentar estar en otros lados, diciéndome a mí mismo que quiero escribir, que tengo que marcharme y dejar todo como está, no importa que después, cuando necesite que alguien me sujete para no volarme, no tenga un cable a tierra. Entonces empiezo a hablar, a decir cosas sin sentido, y soy las personas que detesto y las que extraño, soy miles lugares, las cinco de la tarde, la lluvia en esa calle, un timbre, una maleta; con la seguridad de que nadie me escucha, que estoy solo en mi cuarto, porque cualquiera que pase por aquí pensaría que soy un loco de mierda. Y no lo soy, no puedo serlo, me canso de intentarlo y siempre la maldita razón como una cruz, como otra sangre. Ahora quisiera tener unas cervezas o algo parecido a un revólver, sólo para entender de que lado me encuentro, es mi única intención. Porque un día tuve miedo de olvidar y me tatué en el brazo algo que me recuerda que en alguna parte de otro universo, de otra realidad, soy una persona a la que le importa un carajo la realidad, a la que le importa una mierda el universo, la nada. Realmente no sé como funciona esta trampa hecha de máscaras, es como despertarse el día del fin del tiempo y saber que todo es tu culpa. Hay distintas maneras, claro, de sobrellevarlo, a veces me basta con partir por la mitad una pastilla sabiendo que de pronto, cuando apague la luz y la tele, no tenga otra salida que hacer inventario de las promesas que abandoné en otras manos. Son cosas que debería a callar, tendría que alejarme de sus ojos, tendría que aprender a planchar mis camisas o dejar de pensar que quiero vivir solo, que quiero vivir acompañado, que no me hace falta vivir.

algunas veces vivo y otras veces

Cuando cumplí cuatro años rompí la piñata y no cogí nada. Debí haberlo entendido. Ni un maldito juguete. Recuerdo que corrí a esconderme, a llorar debajo de la cama porque de niño uno piensa que el mundo te pertenece, y eso incluía a lo que estaba dentro de mi tortuga ninja. En realidad no entendía que se trataba de mi primer fracaso, que había perdido todo lo que quería en ese instante. Me había prometido muchas cosas, pensaba que a esta edad iba a vivir de otra manera, que era inevitable que no sea solamente otra persona. Bueno, ya sabemos como son las cosas, en este momento no espero mucho de mí, mientras no pueda joderme más todo está bien. Lo malo de esto es que tengo un extraordinario talento para jugarme en contra, pero sigo girando en el medio de todas las personas que fui e intenté ser, en el punto preciso donde los delirios de un niño y los espejos no se reúnen para combatirse. Ahora es distinto, doy la cara cuando las cosas se me van de las manos, aprendí lo que era la culpa, el remordimiento con pastillas para dormir, los mismos errores en las mismas miradas, además ya no quedan buenos lugares para esconderse. Continuamente termino con la sensación de equivocarme con la persona menos indicada, de tener que olvidar a alguien que en otro momento de mi vida me hubiera costado una mano, una silla de ruedas. No creo que sea una mejor persona, tendría que esforzarme para volver a ser tan estúpido como antes pero todavía me siguen llamando David. Recuerdo a la gente que estuvo conmigo en un día similar, algunos llaman, dejan un mensaje, y otros, como yo, no dicen nada. Supongo que está bien que haya personas que no te recuerden, o que no le importe que sepas que te recuerdan, no puedes vivir haciendo lo correcto, nadie recuerda a quien hizo lo correcto. Al menos hoy no tengo que preocuparme por el dinero, el dinero en realidad no es importante, lo importante es tener mucho con el mínimo esfuerzo. No soy un experto en mi sistema pero confío que en alguna parte funciona. Estos días siempre me perturban aunque tampoco es algo que transforme el orden en que me corto las uñas, ni es otros de esos momentos en los que uno no quiere que haya un antes en su vida y compra un libro de autoayuda y elige una sortija. No sé, no creo que vaya por ahí la cosa aunque no tenga donde hacer pie cada vez que creo en algo. Hace unos minutos me acabé de bañar y me puse mis medias sucias. Nunca me había pasado, solía distinguir entre las que saco del cajón y las que saco de mis pies. Tengo veintidós años, quiero decir que hoy tengo veintidós años. No alarms and no surprises please.